El 16 de octubre Madrid se transformó en una playa de luces, confeti y emociones. El Movistar Arena se llenó hasta el techo para recibir a Saiko, que ponía punto final a su gira Natsukashii Yoru con un espectáculo que fue mucho más que un concierto: fue una despedida, una celebración y una declaración de amor a su público.
Nada más entrar, el público entendió que no se trataba de una noche cualquiera. La casa de sus videoclips estaba allí, en el escenario, recreada con una precisión cinematográfica. Saiko la recorría como si fuera un personaje dentro de su propio universo: se sentaba en el porche, subía al tejado o tomaba algo en la barra antes de lanzarse a cantar. El arranque, marcado por una atmósfera melancólica y un despliegue técnico de primer nivel, combinó temas del nuevo disco con proyecciones y efectos visuales que sumergieron al público en ese “verano eterno” del que habla Natsukashii Yoru.
El setlist mezcló lo mejor de su nuevo álbum con clásicos ya imprescindibles. Sonaron canciones como Sí quiero, Antidepresivos y Cosas que no te dije. Hubo también espacio para la euforia: Sikora, Reina o Las Bratz sonaron como himnos colectivos, con el público convertido en coro gigante.
También llegaron los invitados. Kidd Voodoo y Raúl Clyde encendieron el recinto con energía y complicidad. Clyde, entre risas, prometió que algún día daría allí su propio concierto. Uno de los momentos más conmovedores llegó con Ángeles Toledano, que subió al escenario para interpretar Tusacai. Su voz flamenca hizo que el público guardara silencio, respetuoso y fascinado, antes de estallar en aplausos.
La banda de músicos latinos que acompaña a Saiko —con vientos y percusión— se ganó su propio momento. Interpretaron Nuevayol y una selección de clásicos del reguetón viejo, levantando al público. El desfile de invitados continuó con la aparición de Leire Martínez, que compartió con Saiko una versión elegante y emotiva de Mariposas. También hubo espacio para Yapi con Te encontré, quien además interpretó un tema propio, Dónde te escondes. Ese gesto, ceder minutos de su espectáculo a sus amigos, reveló la faceta más generosa del artista.
Con el público completamente entregado, Saiko, entre risas, lanzó un reto desde el escenario: el que no cante que baile, el que no baile que cante, y el que no haga nada… que se vaya para casa. A partir de ahí, el Movistar Arena se vino abajo con Bad Gyal y Polaris, el tema que él mismo confesó que le cambió la vida. La energía era tan intensa que parecía que el suelo temblaba.
Para el final, pidió a quienes estaban allí que levantaran las bufandas que su equipo había repartido antes del show. Entonces sonó Supernova, entre lluvia de confeti y fuegos artificiales. Su último concierto del año había terminado.
En las pantallas, un adelanto exclusivo: su nueva colaboración, Mis angelitos, junto a Tito El Bambino, grabada recientemente en Puerto Rico. Un cierre perfecto: entre emoción, gratitud y la promesa de que lo mejor está por venir.






